Una investigación basada en el testimonio de expertos que se dejaron picar por diversas especies revela los niveles de agonía que pueden causar las toxinas de hormigas y avispas.
La curiosidad científica llevó a Justin Schmidt a un extremo poco común: someterse voluntariamente a los aguijones de 96 especies de insectos. Este experimento dio vida a un sistema de niveles que describe, con una precisión casi poética, las neurotoxinas y agentes inflamatorios que utilizan diversos artrópodos para protegerse o someter a sus presas.
El estudio divide las sensaciones en cuatro etapas de intensidad creciente. Mientras que el primer escalón agrupa incidentes triviales que apenas incomodan, el segundo nivel ya presenta desafíos serios, como el ardor abrasador de la avispa melífera, que se siente como si un hisopo con salsa picante atravesara las fosas nasales. Al llegar al nivel 4, la resistencia humana se pone a prueba. La hormiga bala, típica de las selvas sudamericanas, es apodada «la hormiga de las 24 horas» debido a la duración eterna de su tormento. Según el relato del especialista, el dolor es tan brillante e intenso que nubla la razón. Por otro lado, la avispa caza tarántulas ofrece una experiencia distinta pero igualmente aterradora. Aunque su efecto dura solo unos minutos, la descarga es descrita como cegadora y ferozmente eléctrica, dejando al sistema nervioso en un estado de shock absoluto. Finalmente, la hormiga de terciopelo de Klug se destaca por causar una desesperación explosiva. El veneno de estos animales no busca la letalidad inmediata, sino enviar un mensaje sensorial tan potente que el depredador desista instantáneamente de cualquier ataque.
Este particular catálogo del sufrimiento ayuda a comprender la complejidad de las armas químicas que existen en el reino animal y la increíble capacidad de adaptación de los insectos.
